martes, 12 de noviembre de 2013

Alguna hora, algún día en este lugar.

Sucedió lo que estaba predecible, lo que se sabía que iba a pasar. Era un Jueves, si quieren ponerle un día, o un Martes. Ni Lunes, ni Miércoles, ni Viernes, menos un Sábado y ni se les ocurra en su imaginario pensar en un Domingo. Me parece que los Jueves y Martes son días sencillos, comunes y hasta quizá un poco olvidados. No sé si lo han notado pero los Lunes están llenos de soledad como dice esa melodía argentina setentosa, a nadie le gusta un Lunes, ¿Será por qué es el nuevo “comienzo” que nos dicta el calendario? nadie lo va admitir. Los miércoles hacen un corte, nos recuerdan las mitades, te refriegan dónde estás parado en la vida, es el sopapo sorpresivo, es ese balde de agua fría que cae de un balcón mientras caminas con tacos por alguna calle de por ahí. Los viernes, famosamente aclamados por la juventud y venerados, en realidad, por cada ser humano consiente de este día, es querido por la gente que no tiene necesidad obligatoria de hacer algo al otro día temprano, ni por salario ni por vocación. Los sábados en cambio, es la tarde de amigos, la noche de comida y festejo colectivo, la curiosa y querida cucharita, el helado, el café, el chocolate y la película, hasta el sexo de los sábados es diferente, es un sexo libre y con énfasis porque se le dedica el tiempo necesario para la satisfacción, hasta puede contar con los juegos previos, las caricias y respiros cansados después de llegar al punto máximo. Los sábados son esa sonrisita piadosa y esas carcajadas amistosas, son esos días que después se convierten en anécdota. Y los domingos, pobres y tristes domingos, las personas cargan sus derrotas y bajezas a ese día, siempre los imaginan lluviosos y si hay sol, lo opacan con la depresión que cargan los ojos, utilizan este día para hacer cosas espantosas como limpiar cada rincón de la casa o en su defecto ir a misa, también es el día en que los “ateos” disfrutan hasta las once de la mañana entre las sabanas y si son muy argentos, están arriba desde temprano preparando la parrilla, pero siempre tratan por todos los medios de suprimir las tareas que deben hacer para la semana siguiente y niegan inconscientemente que es el último día para volver a la soledad lunenina.
 Ahora volvamos a lo que quería contarles, volvamos a ese Martes o Jueves cotidiano como cualquier otro. Ella estaba sentada en un banco de una plaza, leyendo una de sus novelas favoritas con la que soñaba interpretar en algún momento, de repente, se le congeló la cara, sus ojos quedaron grandes y fijos en una parte de la hoja, sus manos empezaron a perder peso y una brisa porteña le hizo caer una lagrima, inmediatamente parpadeo, cerró el libro, se levantó y caminó. Desde ese día y por mucho tiempo no pudo leer más ese libro, ni volver a esa plaza,  ni ser la misma de siempre.
 Serían alrededor de las 20hs cuando abrió la puerta del departamento, estaba tan en otra que ni cuenta se dio del desorden atroz que inundaba entre esas paredes, se preparó un té de tilo, y se acostó en el sillón. Después de unas semanas, un martes o jueves de mucho calor, volvía de comprar en una librería, no quiso subir al colectivo aunque estaba lejos de su casa porque cada día la horrorizaba más los olores que el ser humano podía juntar en el transporte público y como quería evitar ataques de pánico, tampoco bajó a un subte. Camino, sintiendo el sol en la cara, y el vapor calórico que emanaba el asfalto le entraba por los poros, por la nariz. En esas cuadras de regreso, se topo con muchos torsos, hombros y codos pero con ninguna mirada y eso la hacía recordar que no era de allí.
Ya nada podía ser normal en su vida desde aquel día de lectura bajo un árbol. Ofuscada por los horarios, los días y los años, los rótulos que el humano está dispuesto a colocar, se acordaba lo que se había dado cuenta, lo que la había dejado petrificada ante el todo mismo… Esa mujercita había sido en su pasado lo que siempre quiso ser y nunca, pero nunca lo había notado, se miraba al espejo y se preguntaba si hoy estaba siendo lo que quisiera ser mañana. Ese Jueves, o Martes común como cualquier otro dejó de ser un día más en su vida.