Todo
podría haber empezado de otra manera, pero si soy franca no sé cuándo comenzó.
Tengo el recuerdo de despertar esa mañana con el pecho apretado, como tantas
otras veces, y de haberlo tomado tan natural como siempre, como lo hacía hace
unos años. No me imaginé que iba a ser distinto, siempre eran las mismas
palabras y pensamientos, quizá en distinto orden o igual pero era siempre lo
mismo. Llame en vano a mucha gente, nadie me respondió y me sentí sumergida en
una soledad triste (aclaro qué tipo de soledad, porque hay soledades
maravillosas, que nos sanan de tanto daño ajeno que es preferible ser una misma
la única compañía). Me obligue a dormirme y no pude, me prometí no llorar y no
pude cumplirlo. Me vi encerrada en mi misma, en esa cama que tantas veces me
acaricio cuando ningún ser humano se atrevió a hacerlo. Y la peor de las
claustrofobias fue, en ese instante, sentirme tan prisionera de este cuerpo. No
quería más, no podía salir, enredada entre tanto hueso, musculo, pellejo, carne
y células tan vivas como muertas. El corazón, este corazón que latía por
mecanismo puro más que por ganas propias, se aceleró tanto que hizo que mi complejo
laberinto mental se sintiera prisionero de falsedades y verdades.
Y
ahí, en ese preciso instante es donde otra vez olvido por completo mi
existencia humana, donde no recuerdo dónde estaba y no me refiero físicamente
si no, ¿dónde estaba mi ser? Después de tantas veces que me pasó he pensado que
es de las cosas mas lindas que logra mi forma terrícola, pero me encantaría
escaparme de esa manera siendo consiente y en un momento de trance tranquilo y
sereno, no cuando estoy ahogándome en mi propio dolor, aunque sea saber cuál es
el secreto así lo hago cada vez que quiero irme. Ahora venía el momento más
raro, ese momento que vuelvo, no sé bien como llamarlo, no sé bien como
describirlo pero volví como siempre, vuelvo. Me llene de preguntas, de enigmas
sin una respuesta, nadie podía asegurarme que era lo que me pasaba. Como
hace un tiempo estas cosas ya eran naturales para mí, y como esta vez me había
ido en mi cama y me re incorporé en la cocina de mi casa no me asuste tanto,
las veces que me había pasado en la calle no podía controlar el miedo y esta
vez me sentía segura que por lo menos si estaba dañada el daño me lo había
hecho nada más que yo. Con un poco de nervios puse unos discos y me recosté en
el sillón, con los ojos bien abiertos me vinieron imágenes preciosas, con una
luz dulce y serena, me tranquilice. Sinceramente no tenía motivo para estar
tranquila, y sabiendo las cosas que pasan en el mundo tampoco tuve nunca
motivos para estar triste como lo estaba hace tanto tiempo. Me deje viajar por esas
fotografías mentales, mi mente estaba llena de fotos que mis ojos rebelaban
para que no me sienta tan débil y frágil, me estaba mimando sola, creo que la
soledad en la que nacemos es la soledad que nos vemos perpetuamos para toda la
vida y depende de uno transitar sanamente este proceso.
Recordé
borrosamente una frase que le dije a un ser amado cuando era apenas una nena,
algo de un Arco Iris y de ir o bajar siempre por ese lado. Sé que lo había
dicho desde mi interior porque no tenía idea de los sentimientos humanos,
todavía era chica y por suerte tenía más de parte espiritual que mental, y
decidí comenzar a caer, a bajar por ese lado Arco Iris pero esta vez, mi lado
Arco Iris, que siempre me costaba encontrar. No resulta necesario para el
relato pero quisiera aclarar que fácilmente bajo por este lado de las personas
que me rodean, es la manera más dulce que encontré para transitar las
relaciones humanas, aunque a veces cueste.
Tantas
veces, desde que era una adolescente había imaginado mi muerte o mi traspaso
vital de otra manera, maneras tan sádicas y repugnantes de esas que las
películas nos ponen en la cabeza, de esas que la moral humana las ve mal. Juro
y re juro que no entiendo qué pasó, me fui. Sentí una paz tan plena, tanta
tranquilidad que no me interesó el sufrimiento que pueda causar a los que me
querían en la tierra y sinceramente no sé si alguien me extrañaría pero poco me
interesaba y cuánta satisfacción me daba el desinterés.
Esa mañana podría haber sido como todas mis mañanas, triste y nostálgica. No sé si estoy contando bien las cosas, no sé si podrán entender, me cuesta mucho explicar todo esto porque no me alcanzan las palabras para volcar detalladamente sobre el papel todo lo que sentí.
Esa mañana podría haber sido como todas mis mañanas, triste y nostálgica. No sé si estoy contando bien las cosas, no sé si podrán entender, me cuesta mucho explicar todo esto porque no me alcanzan las palabras para volcar detalladamente sobre el papel todo lo que sentí.
Haciendo
un resumen de ese día (quizás con lo que conté los hice perderse) puedo decir que
me desperté triste, entre en “trance”, volví de mi laguna mental, me sumergí en
esas imágenes bajando lentamente por mi oculto lado Arco Iris y me fui del
mundo material, sentí la completa calma, el equilibrio, la serenidad. Me
mantuve así, quién sabe cuánto tiempo y de un momento a otro “desperté” frente
a una librería enorme de la ciudad, estoy segura que no fue la laguna cerebral
que me pasaba reiteradas veces y que incluso había vuelto a experimentar esa
mañana, esta vez tenía otro sabor, ¡me había ido!. Camine unas cuadras sin importar
el destino, y no sabía cómo encarar las cosas porque haberme ido no me
solucionaba mi problema existencial en el planeta, pero ya no sentía presión
por nada ni por nadie y eso era realmente lo que buscaba hace tanto tiempo.
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