Letras unidas que forman palabras y entre ellas oraciones
que rigen una cohesión, con el simple fin de comunicarnos y entendernos.
¿Y la música?
Ahí viene entonces su historia, la nuestra, el arte. Viento, olas, el latido de los corazones, nuestra respiración, permanente orquesta sinfónica que nos mueve en forma de vida, suponiendo así que la vida tiene forma.
¿Cómo puede ser qué “el mejor amigo del hombre” no hable nuestro idioma?
Ahí están ellos en su total y absoluta manera de habitar. Su mirar no resuelve pero calma y estabiliza cualquier estado humano fuera de sí, comido por un sistema, por un diccionario. Sus besos, lenguas que luego de pasar por sus genitales nos envuelve la cara, acto de agradecimiento a veces despreciado, otras alabado. Su pata sobre nuestra mano, nuestra pierna, pide caricias. Acá se nota un caso común y particular; tantos humanos que hablan de la misma manera no se encuentran, aun así, teniéndose enfrente. Vaya uno a saber por qué. Quizá por cuestiones de simple timidez o cualquier definición psicológica que quieran adjudicarle, habiendo más palabras que partículas, no pueden decirse lo que perciben y sienten. Pero con inmediatez aman y abrazan a un perro que con total naturaleza amorosa le pone el hocico cerca. Desgarrador para el humano aquel momento en que ese animal, el perro, deja el cuerpo de cuatro patas y va quién sabe dónde, lo único que pedimos es que ojalá se haya dado cuenta cuánto amor me hizo florecer en cada molécula.
Esto por supuesto, hablando de un caso en donde una mascota, es contenido y cuidado por un hombre o una mujer.
La calle, colmada de estos seres, terroríficamente humanizados, cargados de dolor, frio y hambre.
Así como ellos, todo animal. Que luego devoramos con nuestros dientes cual león a una cebra pero claro, cocinado con incontables gramos de sal y en un plato de bazar delicado
Y así, todo animal sacrificado para productos de una necesidad impuesta.
Vuelvo, respiro y percibo.
No somos más que emisores, no de palabras, sino de sensaciones. Que se filtran por los oídos, por los poros, por la sensibilidad que abarcan las yemas de los dedos.
A veces te veo en una línea creciente como la de la luz que se filtra por cada huequito posible, pasa que para ella todo es alcanzable si la dejan entrar, el tema está en nuestro laberinto cerebral que no da la posibilidad. Te veo y siento tu calidez, tu lucidez. Caos y equilibrio permanente, eso somos. Individualmente, en conjunto, de a dos, vos y yo.
Nacimos seres solitarios, moriremos de la misma manera, solos… pero en el medio, este montón de movimientos que nos conecta, nos desplaza.
¿Acaso somos más que energía fluyendo en un ciclo constante? ¿Poca cosa?
No es más que la acumulación de instantes energéticos sin otro fin que fluir.
¿Y la música?
Ahí viene entonces su historia, la nuestra, el arte. Viento, olas, el latido de los corazones, nuestra respiración, permanente orquesta sinfónica que nos mueve en forma de vida, suponiendo así que la vida tiene forma.
¿Cómo puede ser qué “el mejor amigo del hombre” no hable nuestro idioma?
Ahí están ellos en su total y absoluta manera de habitar. Su mirar no resuelve pero calma y estabiliza cualquier estado humano fuera de sí, comido por un sistema, por un diccionario. Sus besos, lenguas que luego de pasar por sus genitales nos envuelve la cara, acto de agradecimiento a veces despreciado, otras alabado. Su pata sobre nuestra mano, nuestra pierna, pide caricias. Acá se nota un caso común y particular; tantos humanos que hablan de la misma manera no se encuentran, aun así, teniéndose enfrente. Vaya uno a saber por qué. Quizá por cuestiones de simple timidez o cualquier definición psicológica que quieran adjudicarle, habiendo más palabras que partículas, no pueden decirse lo que perciben y sienten. Pero con inmediatez aman y abrazan a un perro que con total naturaleza amorosa le pone el hocico cerca. Desgarrador para el humano aquel momento en que ese animal, el perro, deja el cuerpo de cuatro patas y va quién sabe dónde, lo único que pedimos es que ojalá se haya dado cuenta cuánto amor me hizo florecer en cada molécula.
Esto por supuesto, hablando de un caso en donde una mascota, es contenido y cuidado por un hombre o una mujer.
La calle, colmada de estos seres, terroríficamente humanizados, cargados de dolor, frio y hambre.
Así como ellos, todo animal. Que luego devoramos con nuestros dientes cual león a una cebra pero claro, cocinado con incontables gramos de sal y en un plato de bazar delicado
Y así, todo animal sacrificado para productos de una necesidad impuesta.
Vuelvo, respiro y percibo.
No somos más que emisores, no de palabras, sino de sensaciones. Que se filtran por los oídos, por los poros, por la sensibilidad que abarcan las yemas de los dedos.
A veces te veo en una línea creciente como la de la luz que se filtra por cada huequito posible, pasa que para ella todo es alcanzable si la dejan entrar, el tema está en nuestro laberinto cerebral que no da la posibilidad. Te veo y siento tu calidez, tu lucidez. Caos y equilibrio permanente, eso somos. Individualmente, en conjunto, de a dos, vos y yo.
Nacimos seres solitarios, moriremos de la misma manera, solos… pero en el medio, este montón de movimientos que nos conecta, nos desplaza.
¿Acaso somos más que energía fluyendo en un ciclo constante? ¿Poca cosa?
No es más que la acumulación de instantes energéticos sin otro fin que fluir.

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