Puedo aquí comentarles, contarles y decirles que las amo.
Si, las amo.
Me fascinan, me parecen preciosas y precisas.
Tanto, que me gusta usarlas y regocijarme en ellas.
Tanto, que me haría un mar y naufragaría por cada una, buscando el significado.
Me gusta apropiarme por lapsos de mis favoritas, repetirlas.
Cambiarles de lugar las tildes, pasearlas entre comas, puntos y exclamaciones.
Lindo momento el de encontrar ocasiones fantásticas para darles uso.
Me gusta hasta enojarme conmigo cuando alguna de estas se esconde en la punta de mi lengua y no puedo decirla.
O por ejemplo, pasar por ese momento de vergüenza cuando mi garganta se traba y todas se van corriendo para que yo me quede muda.
Pero miren si las querré, que los diccionarios me parecen tesoros.
Miren si las quiero, que muchas veces invento nuevas o juego a cambiarles el significado.
¿Y los verbos? Ay que sería de mi sin ellos.
Todo, absolutamente todo puede ser verbeable, así que por ende
no hay algo en el mundo que no se puede hacer, accionar.
Pero aquí también debo decirles que me parecen absurdas e innecesarias.
Con el perdón de los libros, con el perdón de los grandes escritores y oradores.
Con el perdón de la comunicación.
Son malas, y no hablo de las mal llamadas "malas palabras".
Todas son malas, porque nos condicionan porque se meten en lo más profundo de nuestra mente para dominarnos el ser.
Absurdas y tontas dejen de perseguirme.
El silencio comprende mucho más que todas ustedes
pero irme con el, hacerlo parte de mi es decir
todo lo que ustedes no me dejan.
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